El elefante en el chalet: vivienda, régimen e ideología
La vivienda protegida, la “ideología de la propiedad” y una visión demográfica para entender sus disonancias comunicativas políticas y el potencial choque intergeneracional latente
He querido reservar para este serial sobre la "descomunicación" en torno al problema de la vivienda un elemento diferencial: por qué es tan complejo realizar en España un debate informado sobre este tema. Vamos a hablar de elementos culturales y de valores generales. De la "ideología de la propiedad".
Este elemento condiciona el debate, encapsula las soluciones e introduce confusión tanto en el análisis como en las conclusiones. Afecta a todas las audiencias y agentes implicados, de forma que ninguno puede escapar.
Imaginen por un momento que España fuera un paciente en terapia familiar. El terapeuta, tras escuchar durante horas las quejas sobre "el problema de la vivienda", levantaría la vista de sus notas y preguntaría: "¿Cuándo fue la última vez que hablaron del elefante que tienen en el salón?"
Porque sí, hay un elefante en el salón del problema de la vivienda.
La herencia envenenada: cuando el ladrillo se volvió ideología
Para entender nuestro peculiar drama inmobiliario, debemos remontarnos a una época en la que España decidió tomar un sendero diferente al resto de Europa. Mientras nuestros vecinos construían parques de alquiler social, nosotros nos embarcamos en convertir a cada proletario en propietario. Una revolución burguesa desde arriba, orquestada desde el régimen franquista, que nos legó algo más pernicioso que ladrillos mal cocidos: una "ideología de la propiedad" que ha calado hasta la médula de nuestro ADN político y social.
Nuestra historia ha construido un marco político y social desde el que se aborda este problema. España tomó una ruta distinta: en lugar de construir parque de alquiler social, promovió ser propietario desde el franquismo hasta hoy.
Esa narrativa cultural e institucional se proyecta a nuestros días con sus tentáculos. Ha enmarcado el problema en la propiedad, no en el acceso, la disposición o el disfrute. Esto distorsiona alternativas políticas viables como el parque de alquiler público europeo.
España eligió un camino que hoy le pesa: convertir al trabajador en propietario. Desde el franquismo hasta hoy, nuestras políticas han incentivado la compra de vivienda como destino vital. No construir parque público de alquiler como otros países europeos fue una decisión ideológica, no un descuido técnico.
El espejismo del mercado único
Desmontemos la primera gran mentira que nos contamos: que existe "un mercado inmobiliario español".
Decir que hay un mercado de vivienda nacional es como afirmar que todos los bares de España sirven el mismo jamón. El apartamento de lujo en el barrio de Salamanca madrileño tiene tanto que ver con el piso de protección oficial en las afueras de Móstoles como un Ferrari con un patinete eléctrico. Ambos sirven para desplazarse, pero el parecido acaba ahí. Se necesitan políticas públicas y microprecisión.
Esta ficción del mercado único nos permite algo muy conveniente: hablar del problema como si fuera una abstracción, un fenómeno meteorológico inevitable. En lugar de reconocer que es el resultado de décadas de decisiones políticas muy concretas.
Cuando el sector público abdica de su responsabilidad de corregir los fallos del mercado —que los hay, y gordos— estamos eligiendo conscientemente que unos pocos se forren mientras otros malviven en habitaciones compartidas hasta los cuarenta.
Por eso, en la mayoría de soluciones siempre aparecen las palabras "compra" o "adquisición": promover alquiler con opción a compra, subvencionar la adquisición de vivienda bajo determinadas condiciones, o la subvención directa al alquiler. Esto ocurre porque las audiencias adoptan esa ideología de la propiedad y de la subvención directa.
Además, permite que las medidas sean más financieras (subvenciones y subsidios) que de gestión combinada. Los instrumentos de políticas públicas más complejos de gestionar y construir —como articular un parque de alquiler suficiente partiendo de la nada— son una tarea ingente, incluso culturalmente, pero más eficaces.
Una tensión generacional latente: de los "boomers" a la generación Z
Los segmentos de población con más capacidad de voto, representación y visibilidad política ya resolvieron su acceso a la vivienda hace décadas. Tienen propiedad, hipotecas amortizadas y, en muchos casos, hasta una segunda residencia. Pocos incentivos tienen para que se incorporen reformas en este mercado en términos de derechos sociales y ciudadanos.
Cualquier política pública sobre vivienda debe lidiar con este marco estructural y demográfico. Sus audiencias sociológicas son muy difusas: pequeños propietarios, rentistas, arrendadores de viviendas turísticas, frente a la atomización de los colectivos jóvenes acuciados por otros problemas como el mercado de trabajo, los salarios o la precariedad laboral.
Nos encontramos con una situación altamente dual y con una polarización latente. El "problema de la vivienda" es siempre el de los otros: los jóvenes, los migrantes, los inquilinos. A esto se añade la inversión extranjera en España y el alquiler turístico, complicando más el escenario.
Mientras los grupos sociales de boomers hacia atrás acumulan propiedades, los jóvenes (generación Z y millennials) cargan con salarios precarios y dificultades añadidas para acceder a vivienda. Comparten habitaciones de seis metros cuadrados, no pueden emanciparse, viven de alquiler o en casa de sus padres.
La desigualdad intergeneracional es muy alta. Por el mero paso del tiempo, a medio plazo esta situación dará lugar a una gran transferencia intergeneracional.
El pacto imposible
Probablemente, cualquier política pública sobre vivienda y su comunicación tiene que lidiar con este marco estructural, demográfico y con este concepto de propiedad, de forma que sus audiencias sociológicas son muy difusas: pequeños propietarios, rentistas, arrendadores de viviendas turísticas, frente a la atomización de los colectivos jóvenes acuciados por otros problemas como la situación del mercado de trabajo, los salarios o la precariedad laboral.
Esta desigualdad intergeneracional nos plantea un “trilema” que no se aborda abiertamente:
Un pacto intergeneracional (difícil cuando una parte tiene todos los incentivos para mantener el statu quo y es difícil articular los intereses de segmentos sociales tan amplios, si no es con políticas públicas decididas).
Un conflicto intergeneracional directamente abierto (políticamente explosivo)
Y, finalmente, la entropía. El aprovechamiento continuado de la degradación y del malestar en su propio beneficio, por parte de opciones políticas extremistas que solo incendian y prometen soluciones mágicas, manteniendo una visión anacrónica de la vivienda y del papel de las políticas públicas públicas.
Algunos grupos políticos han descubierto que es mucho más rentable alimentar el enfrentamiento que buscar soluciones reales. ¿Para qué construir parques de alquiler público cuando puedes señalar culpables y polarizar? Es más barato y efectivo electoralmente a corto plazo.
Hay grupos políticos y sociales empeñados en alentar el enfrentamiento usando este problema como ariete. No abordan la necesidad del pacto por las dificultades de instrumentarlo. No quieren hablar de pacto y son altamente rupturistas y se asientan en los segmentos de población joven, con mayor malestar y mayor necesidad de orden. Son grupos que no quieren ni oír hablar de pacto generacional.
Ya existen y se perciben intentos de construir comunicativamente, en redes, podcasts, etc… un escenario de posible enfrentamiento generacional en nuestro país por vivienda, rentas y pensiones, basados en el malestar y la desigualdad, pero sin soluciones.
El problema sin relato
En todo caso, esta complejidad —y la dificultad de simplificarla— que he recogido en estos tres post, opera contra la percepción del problema del acceso a la vivienda. Su severidad, gravedad y centralidad compiten con la dinámica de la política politizada, los escándalos, la judicialización de la política... mientras el malestar social sigue escalando.
El problema de la vivienda no está fuera del centro del debate político por falta de importancia, sino por falta de relato utilizable. Es demasiado complejo para un eslogan. Demasiado estructural para una promesa electoral. Demasiado incómodo para quien tiene una situación conformista.
Este es el elefante en la habitación. O más bien, en el chalet.
Sin embargo, el problema y el enfado crecen. Escalan en silencio. Modifican carreras vitales, desestructuran familias, condicionan decisiones económicas y alimentan —como ya vimos en Alemania— un malestar social que termina canalizándose hacia los extremos.
En el próximo post: las propuestas, alternativas y por qué, a pesar de un consenso técnico cada vez más claro, seguimos sin mover ficha.
Aquí, los post anteriores:




Excelente post, pero realmente, ¿es tan complicado?
La CAM estima 50k nuevos hogares por año de 2025 a 2030.
En 2024 construimos 24k nuevas viviendas.
Necesitamos 50k nuevas viviendas, algo que no hemos hecho desde 2008.
ECON 101 es mejor en predecir la economía de lo que nos pensamos.
Hay un claro desbalance entre oferta y demanda, por tanto, la subida de precio no es ninguna sorpresa.
PD: Me da lo mismo si la nueva vivienda es pública o privada, pero es la pieza que falta.
Tengo 5 posts analizando este problema en mi perfil, por si os interesa.
Lo dijo José Luis Arrese, ministro de la Vivienda y antiguo líder de Falange: "queremos un país de propietarios, no de proletarios". Gran artículo