La insoportable levedad del problema del acceso a la vivienda en España
Por qué la comunicación sobre la vivienda es invisible y sigue sin estar presente en la agenda pública.
Cuando empecé a planear Políticas Post, tenía dos miedos. El primero, acabar atrapado en la refriega partidista: palmeros, hooligans y mariachis incluidos. El segundo, lo contrario: convertirme en un académico distante, un experto en comunicación de políticas públicas pertrechado en su especialización.
Este tema —el acceso a la vivienda— es perfecto para poner a prueba si logro ese equilibrio. Porque, en teoría, debería ser una prioridad compartida. Y, sin embargo, sigue sin ocupar el lugar que le corresponde.
La vivienda se ha convertido en uno de los grandes elefantes invisibles de la conversación política en España. Está presente en la vida de millones, pero ausente del centro del debate. En los últimos meses ha emergido cierto foco sobre el asunto, especialmente en círculos especializados. Lo confirma el artículo de Andrea Jarabo e Iván Auciello en la revista de ACOP de julio de 2025: “Narrativas en tensión: vivienda, política y el reto de comunicar con rigor”. También los libros que vienen: el de Jorge Galindo (“Tres millones de viviendas”) y el de Javier Burón (“El problema de la vivienda”).
He estado buceando en esos textos, en algunos podcasts y en otras piezas recientes. El objetivo: curar el contenido más relevante sobre vivienda desde la mirada de la comunicación política. Este es el primero de una serie de cuatro artículos dedicados a la comunicación de las políticas públicas sobre vivienda: aquí me centro en la (no) percepción general del problema, su alcance y en cómo se diagnostica; después hablaremos del contexto, transitaré hacia las audiencias y finalmente, iré a las propuestas, políticas y narrativas de solución (y por qué no se ponen en marcha). Todo ello, con el objetivo de promover una conversación cívica, democrática, rigurosa, útil y argumentada.
Una chispa que no ha encendido el fuego
El drama habitacional avanza como una corriente subterránea. Jóvenes que no pueden emanciparse y personas que no pueden fugar un hogar. Profesionales que viven a dos horas de su trabajo. Familias endeudadas, personas mayores compartiendo piso. Ciudades que expulsan a su gente, al igual que se va el talento joven. Y, sin embargo, el tema no ha estallado en la esfera política.
Los números son contundentes: el precio de la vivienda ha subido un 40% en cinco años, los salarios apenas han crecido un 10%, y la vivienda pública representa menos del 2% del parque total. Sin embargo, este problema estructural permanece relegado en el debate político español.
Para que un problema social se convierta en problema político, hace falta algo más que estadísticas: se necesita una imagen poderosa, un símbolo, una emoción que lo catapulte. El Prestige, el 15M, la crisis climática con víctimas en directo. La vivienda aún no ha tenido ese momento.
Los datos están. Las víctimas también. Pero la dinámica política y social reacciona más a lo espectacular que a lo estructural. Mientras no veamos a personas mayores desahuciadas en prime time o jóvenes durmiendo en coches en mitad de una campaña, el tema, creo, seguirá relegado.
La trampa de la complejidad: demasiado simple para un titular, demasiado complejo para un mitin
Lo cierto es que el problema de la vivienda trasciende y va mucho más allá de un problema de derechos ciudadanos y sociales (que claramente lo es) y, por tanto, es un problema que requiere una respuesta desde las políticas públicas. La vivienda no es solo un derecho: es un campo híbrido conflictivo, intersección de mercado, regulación, inversión y poder. En sí, el problema de la vivienda no se deja atrapar en un tuit. No tiene un único culpable. No hay una única solución.
Las preguntas se multiplican sin respuestas claras: limitar precios o aumentar oferta, regular más o liberalizar, culpar a los fondos de inversión, a los pequeños propietarios o al alquiler turístico. Esta complejidad lleva a muchos actores políticos a evitar comprometerse con posiciones concretas, prefiriendo declaraciones genéricas y vagas que no molesten a ningún electorado.
La simplificación extrema produce caricaturas inútiles, pero la sofisticación excesiva paraliza la acción. El resultado es un limbo comunicativo donde el problema persiste sin encontrar narrativas eficaces para su solución.
La narrativa de la culpa individual
Finalmente, hay un relato cultural que desactiva la protesta: la idea de que los problemas de vivienda son, en el fondo, fruto de decisiones personales equivocadas. La idea persistente: si tienes problemas de vivienda, es culpa tuya. “No ahorraste lo suficiente”, “quieres vivir en el centro”, “deberías compartir piso”. Es una narrativa que desactiva cualquier protesta colectiva en términos sociológicos.
Este encuadre desplaza la atención de las estructuras (mercado desregulado, acción pública insuficiente, falta de vivienda pública, especulación financiera) hacia el individuo. Al responsabilizar a la persona, se evita reconocer que hay un problema colectivo que requiere acción política. Es el equivalente a culpar a los enfermos de colapsar la sanidad o a los jubilados de ser demasiados. En el caso de la vivienda, esta narrativa atomiza la indignación y convierte un drama social en una acumulación de fracasos privados.
Al centrar la atención en las decisiones individuales, el problema deja de ser político. Es como culpar a los pacientes del colapso sanitario. La indignación se fragmenta y se convierte en vergüenza.
Falta un marco moral, emocional y de derechos ciudadanos
Uno de los grandes problemas de la comunicación sobre vivienda es que rara vez se articula en clave moral, derechos sociales, ciudadanos y de valores públicos. Hablamos de metros cuadrados, de suelos recalificables, de esfuerzos financieros. Pero no hablamos del drama vital que supone que no sea posible la emancipación, no poder formar una familia, no disponer de condiciones dignas de vida.
La sanidad tiene sus quirófanos saturados. Las pensiones, a los adultos mayores en la plaza. La vivienda aún no tiene su símbolo compartido. Y sin símbolo, no hay marco emocional. Y sin marco emocional, sin entrada en la agenda pública, no hay acción política.
La crisis de vivienda representa uno de los mayores desafíos estructurales de España, pero permanece comunicativamente invisible. Su complejidad, la individualización cultural del problema y la ausencia de marcos morales claros son algunos de elementos que explican esta paradoja (explicaré más y mejor en los siguientes posts). Resolver (o detonar) esta crisis requiere políticas públicas y más: necesita nuevas formas de hablar sobre ella.
En el próximo artículo: cómo el marco cultural de la propiedad en España condiciona todo el debate sobre vivienda, por qué trasciende incluso el ámbito de los derechos sociales. Y por qué el problema es demasiado estructural y complejo como para seguir mirando hacia otro lado.
BOLAS EXTRA:
Enlace al artículo “Narrativas en tensión: vivienda, política y el reto de comunicar con rigor” de Andrea Jarabo, responsable de comunicación e incidencia en Provivienda y de Iván Auciello, Investigador doctoral en Economía y coordinador del Hub de Vivienda de Future Policy LabNarrativas
Enlace al libro El problema de la vivienda de Javier Burón (Arpa Editores, 2025)
Enlace al libro Tres millones de viviendas de Jorge Galindo (Editorial Debate, 2025)




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Muchas gracias. En los siguientes post de esta serie haré crosspost de tus publicaciones.