Política, políticos y políticas (artículo para dummies y no hiperventilados)
O por qué seguimos sin saber de qué hablamos cuando hablamos de política, por qué no entendemos bien la política y por qué eso importa cada vez más
Una de mis obsesiones es ser didáctico. Por eso, me propuse atreverme con un artículo explicativo acerca de los significados y usos de la palabra “política”, que además me sirviera para delimitar el radio de acción de Políticas Post (situado en su punto de partida, colocando la brújula, aunque con todas sus vacilaciones).
Para ello, me inspiré en la distinción que hacen los sajones entre polity, politics y policies, y traté de hacerlo inteligible no solo para politólogos y animales políticos, sino para cualquiera. Partamos de la base de que en Políticas Post nos centraremos en la comunicación de las políticas públicas (policies) y no entraremos en el proceloso mundo de la vida política (politics, lo que yo llamo “política politizada”), ni en el de la ideología o la institucionalización política (polity). Es decir, nos dedicaremos a la política aplicada, práctica y pragmática.
“La política” con mayúscula: reglas del juego, ideología y marco institucional (polity)
Detrás de estas “palabras mayores” se encuentra el marco institucional: el sistema político, las reglas, las instituciones, los procedimientos y los equilibrios de poder entre las distintas instancias. En España, por ejemplo, hablamos de las instituciones del Estado y sus atribuciones, de la forma de gobierno, del modelo autonómico y de Estado, de las funciones del Gobierno, del Senado y del Congreso, del reparto de competencias, del sistema electoral y de la representación territorial, de la Constitución, de la separación de poderes, del Tribunal Constitucional o del Consejo General del Poder Judicial.
En general, no hablaré aquí de esta “política” con mayúscula, salvo cuando sus efectos se trasladen a la esfera de las políticas públicas, de su comprensión o de su comunicación. Cuando ese marco se debilita, se bloquea o se vuelve disfuncional, el resto también se resiente. Un ejemplo claro: el bloqueo del Consejo General del Poder Judicial o los continuos debates sobre la reforma territorial y las relaciones con las administraciones en lo que se denomina un Estado multinivel.
Cuando no hay claridad o estabilidad en las reglas del juego político, el propio juego se degrada. Y comunicar desde ahí se vuelve casi imposible. Basta con observar los rifirrafes a propósito de la respuesta a las catástrofes naturales y la tendencia deliberada a confundir responsabilidades. Otro caso es la recurrente disputa sobre qué gobierno o instancia es responsable de fijar impuestos y responder del gasto público.
La política como estructura e intrahistoria: los protagonistas y jugadores
Aquí entra la parte visible: partidos, elecciones, portavoces, escándalos, fichajes de última hora, tertulias y debates que parecen más combates de lucha libre que deliberaciones parlamentarias. La política convertida en espectáculo (lo que ahora se denomina politainment).
Pero debajo de ese show existen estructuras de poder que responden a lógicas propias de su cadena trófica, con sus “spin doctors”, sus palmeros, medios afines, creadores de relatos y argumentarios. Los partidos son hoy organizaciones cerradas, con dinámicas internas muy marcadas: pocas personas deciden mucho, y las carreras políticas se construyen más hacia dentro que hacia fuera. Es decir, lo importante no es tanto qué piensas, sino cómo te granjeas posiciones y querencias internas.
En este contexto, la comunicación política se convierte a menudo en un instrumento de posicionamiento interno y de construcción de disenso. Se lanza un tuit no para convencer al electorado, sino para ganarse un puesto en las listas. Se concede una entrevista no para informar, sino para enviar un mensaje en clave de partido. Mientras tanto, la ciudadanía observa desde fuera, sin comprender muy bien a qué responde todo ese ruido.
Y como guinda: la ideología se convierte en identidad a la hora de transformar problemas sociales en problemas políticos, incorporándolos a la agenda mediante procedimientos opacos. No se utiliza para explicar o construir, sino para levantar trincheras. Las palabras y los argumentos pesan menos que las etiquetas y los ataques. Los debates se vacían de contenido porque el objetivo ya no es acordar, sino diferenciarse y destruir consensos.
En este apartado, con todo lo ameno que resulta, tampoco voy a entrar. No es objeto de Políticas Post la diatriba continua de la vida política, salvo en lo que se refiera a la comunicación de las políticas públicas, entendida de forma amplia (relación con la ciudadanía, comunicación con agentes políticos, sociales y grupos de interés) o en sus efectos sobre la implementación, resultados y rendición de cuentas.
Finalmente, “las políticas”: lo que sí nos afecta (aunque no lo parezca)
A esto sí me voy a dedicar. Aquí está lo importante, lo tangible y lo concreto: la comunicación de las políticas públicas. Es decir, las propias políticas y su comunicación. Las leyes, los decretos, las inversiones, las decisiones administrativas que nos afectan de cerca, así como los mecanismos para garantizar su implantación y aplicación efectiva.
La ley de vivienda, la reforma laboral, el ingreso mínimo vital, las pensiones, la transición ecológica, la jornada laboral de 37,5 horas. Eso son “políticas públicas”. También la política económica, los derechos civiles, la defensa, la sanidad, la educación, la política exterior, la lucha contra el cambio climático o los incendios, el desarrollo digital, etc.
Muchas medidas pueden ser técnicamente buenas, necesarias o incluso innovadoras (y, a veces, hasta logran esquivar la ideología, las confrontaciones institucionales o la dinámica partidista). Pero si no se explican bien, si no se prepara el terreno, si no se insertan en una narrativa clara, si no se defienden en el terreno político, se hunden o acaban atrapadas en campos de batalla minados. Un ejemplo evidente fue el decreto antiapagones: contaba con apoyo empresarial, económico y técnico, pero sucumbió ante la dinámica política.
En Políticas Post tendrán cabida el análisis de cómo se comunican dichas políticas, cómo se construyen, cómo se articulan sus narrativas, cómo comunican sus agentes, cómo compiten por la agenda pública y, por qué no, cómo se “descomunica”. También se estudiarán sus interacciones con las otras esferas políticas. Apasionante.
El problema: desequilibrios, desconexiones y polarizaciones
Vivimos en medio de desequilibrios disfuncionales que es preciso mantener a raya. El signo de los tiempos es el de los hiperliderazgos, el peso del relato político, los populismos, la polarización, la mediatización y la conversión de la política en entretenimiento. Las reglas del juego se debilitan o se ignoran, las decisiones públicas se reducen a eslóganes o medidas inconexas, la comunicación se convierte en ruido táctico (por no denostar la palabra “estratégico”), en lugar de ser una herramienta para construir consensos.
Decía Paul Valéry que la política es el arte de impedir que la gente se ocupe de los problemas que realmente le preocupan. Y quizá esa sea, con distintas intensidades, la resultante a la que asistimos. Cuando ocurre, la política se convierte en mero entretenimiento. El ciudadano se siente excluido, espectador más que participante. Y crece la antipolítica: la percepción de que todo da igual, de que nadie representa a nadie, de que todo es teatro o, peor aún, de que sus protagonistas no saben con lo que juegan.
Empezar por clarificar
Todos estos problemas tienen protagonistas y consecuencias: a veces en forma de políticas mal diseñadas, mal explicadas, carentes de discurso o redactadas con lenguajes fuera de lugar. En otras ocasiones, por una mezcla de todo ello.
Saber distinguir las capas de esta cebolla ayuda. Saber separar el ruido de la furia, también. Si te enfrentas a una crisis institucional con un comunicado de campaña, fallas. Si respondes con tecnicismos a una disputa política, te equivocas. Si lanzas mensajes de Mr. Wonderful sin conocer el clima social, también. Lo mismo si construyes un escenario apocalíptico con propaganda. Si no investigas lo suficiente para abordar un problema político con el enfoque correcto, errarás. Y si crees que una buena política pública se vende e implanta por sí sola, estás condenado a la frustración. Muchos representantes políticos —en partidos de gobierno y de oposición— confían ciegamente en la mera producción normativa.
Comunicar bien lo público implica entender el tablero, los jugadores (y sus intereses) y las jugadas. Y decidir desde dónde hablar y cómo.
Epílogo: política hecha de políticas
No hace falta inventar nuevos términos; basta con volver a las esencias, siendo conscientes del papel actual de la comunicación y la mediatización, de forma responsable y propositiva. Lo que se necesita es recuperar el sentido de los instrumentos políticos y devolverles la misión que nunca debieron perder.
La política como arquitectura colectiva y como mecanismo para abordar problemas sociales y construir el bien común. Los políticos como servidores públicos, no como performers (o peor aún, como hooligans). Y las políticas como herramientas de transformación, progreso y proyecto de futuro, no como carteles de campaña, expendedores de tuits o artillería de tertulias.
Llamadme ingenuo: si logramos reequilibrar esas tres capas e identificar sus interacciones, quizá podamos volver a hablar de política sin dolor de cabeza. O, al menos, sin sentir que asistimos a una obra de teatro cuyos diálogos están escritos para que no se entiendan. Exigir lo contrario es, en el fondo, un deber cívico.




¡Qué gran comienzo para tu post! Me alegro mucho de leerte, seguro que aprenderé mucho. Yo, mientras tanto, sigo dedicado a la "politicastros"
Magnifico, un tema fascinante explicado por el mejor, recomiendo 100% Políticas Posts de Adolfo Jiménez.